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Cuento Ganador del Segundo Lugar del Concurso Nacional de Cuento 2006:
“Por una vida libre de violencia para las mujeres y las niñas”
“Miila: Relato de una mujer chiapaneca”
Por: Trixia Valle
Yo nací en la sierra de Chiapas, en el pueblo de Magdalenas, allá en dónde nuestra diosa de la naturaleza Kaxail, se ha encargado de decorar cada uno de los rincones de la tierra. Me llamo Ix Miila, en realidad es Miila, pero a todas las niñas cuando nacemos nos ponen antes del nombre: Ix y a los niños: Ah, al crecer esto cambia. Nuestro idioma es el tzotzil, conocemos los nombres para todas las cosas, los poemas que han hecho nuestros ancestros y las tradiciones de siglos atrás. Nuestras casas están hechas de troncos y hojas gruesas. Para vestirnos hemos aprendido a tejer la lana de las ovejas y así hacernos gruesas túnicas que nos cubren del frío que hace aquí, sobre todo, cuando las nubes bajan hasta nuestras casas. Las mujeres nos dedicamos a hilar, tejer y bordar; los hombres hacen banquitos, ganchos colgadores y otros objetos de madera. El jefe del pueblo y algunos hombres son quienes bajan a los otros pueblos para cambiar o vender lo que aquí hacemos por otras cosas. Cuidamos mucho a nuestros animales, pues ellos nos sirven para vivir: tenemos ovejas, cerdos, gallinas, gallos y pollos principalmente. También hay un tojolabal, que usan los hombres para tejer la lana, que las mujeres hemos hilado, con diseños complicados y llenos de colores.
Desde niña aprendí a tejer y a ayudar en todos los quehaceres de la casa. Siempre supe que debía obedecer a mis padres, a mis hermanos mayores y sobre todo al líder de nuestro grupo, que se llama Chep Akuxtin. Cuando cumplí trece años, todos los del pueblo nos reunimos para hacer una ceremonia, ya que a partir de esta edad llevaré el apellido de mi padre, a quien llamo Yuum. Ya no seré Ix Miila, ahora seré Na Miila Chel, lo que significa que he crecido. A partir de entonces me buscaron un hombre para casarme y así tener hijos para que ayuden con las labores de nuestro pueblo. Hasta ese día, debo honrar el nombre de Yuum, pues la deshonra es muy castigada.
El hijo de nuestro jefe Chep Akuxtin, se llamaba Na J-Piil Akuxtin y tenía dieciséis años. Él siempre me había molestado. Na´, que es mi madre, me decía que debía respetarlo y no quejarme, porque él un día sería el jefe. Yo obedecía aunque a veces me daban ganas de aventarle una piedra porque era cruel con los animales, a los tu’u’l (conejos), a los kitam (jabalíes) y a los noom (perdices) les aventaba piedras y palos, incluso una vez mató a un bebé balam (tigre) a patadas.
Una noche de mucho viento, Yuum, quien se encontraba cerca de la fogata, me pidió que me sentara junto a él, por lo que supe que se trataba de algo importante. Esperé a que me hablara, porque los jóvenes no podemos empezar la conversación. Después de unos minutos en que miraba fijamente el fuego, Yuum me dijo: “Na Miila, te he conseguido a un Iichan: se trata de Na J-Piil Akuxtin”. Iichan, se le dice al marido, y este siempre es escogido por los padres. Resignada, asentí con la cabeza y le pedí a Ahua Kin, nuestro dios principal, con todas mis fuerzas que me ayudara a querer a ese hombre. Mi padre me abrazó muy fuerte y vi una lágrima salir de sus ojos y rodar por su cara. De mis ojos también salieron lágrimas.
Las mujeres del pueblo me hicieron por semanas una hermosa túnica de color crudo. A pesar de todo, yo estaba triste y Na’se dio cuenta de esto, por lo que me dijo tiernamente: “A todas nos toca alcanzar nuestro destino, a ti te ha tocado algo importante porque vas a ser las esposa del futuro líder. Sonríe, verás que Ahua Kin te ayudará siempre”. Yo quise creer con todas mis fuerzas lo que me decía.
Por fin llegó el día esperado. Mi madre me ayudó a vestirme y me puso una hermosa corona de flores sobre mi cabello perfectamente trenzado y amarrado con unos grandes moños blancos. Halach Uinic, el sacerdote del pueblo, comenzó la ceremonia. Desde ese día Na J-Piil, fue solamente J-Piil Akuxtin, pues él se ha convertido en hombre y yo en su mujer. A mi me llamarán Miila Akuxtin y cuando nuestros hijos crezcan llevarán su apellido.
Después de la ceremonia Chep Akuxtin, nuestro jefe y el padre de J-Piil, dio por iniciada la fiesta. Toda la gente del pueblo nos acompañó para festejarnos, mataron a varios kitam (jabalíes) para asarlos al fuego y comer su carne. J-Piil bebió mucho pulque y cuando todos se fueron, quiso seguir bebiendo. Yo le dije, sutilmente, que era tarde, pero mis palabras lo hicieron enfurecer: comenzó a gritar y trató de pegarme. Afortunadamente se detuvo antes de hacerlo, lo dejé solo y me fui a dormir.
Casi al amanecer me despertó un fuerte olor a pulque y un cuerpo que se abalanzó sobre mí. Abrí los ojos y vi que se trataba de J-Piil, su cara se veía desencajada, creo que era por el pulque. Sin hablar, comenzó a arrancarme la ropa y sus jalones me lastimaron. Tenía mucho miedo y apenas podía parpadear. De pronto, ya no pude más y comencé a llorar. Esto hizo enojar a J-Piil quien me golpeó, exigiéndome que dejara de llorar. Yo obedecí. Él siguió quitándome la ropa, al tiempo en que se la quitaba él también. Tenía frío. Tenía mucho frío. A él no le importaba. De pronto sentí que una daga atravesó mi cuerpo y esto me produjo un inmenso dolor. Él parecía estar disfrutando y yo no sabía que me pasaba. De pronto el dolor se calmó, J-Piil pareció estar satisfecho y se dio la vuelta para dormir. Yo me vestí lentamente, sin hacer ruido, para no molestarlo. Al hacerlo, descubrí que había sangre entre mis piernas. Sin importarme el frío que hacía, salí para sacar agua del pozo cercano y lavarme. Con esa agua helada me limpié la sangre que corría entre mis piernas, mientras observaba como se iba lentamente entre el verde pasto que iluminaba la luna.
Mi vida con J-Piil no fue muy diferente a este primer día, pero pasó un año y supe que estaba esperando a mi primer bebé. Yo me sentí muy feliz al oír esta noticia, pero J-Piil me miró con desprecio y conforme pasaron los meses casi no me hablaba y me miraba poco, sólo lo hacía cuando quería satisfacer sus necesidades de hombre. Yo dejaba que hiciera conmigo lo que quisiera, pues al ser su mujer, creía que debía obedecerlo en todo. Además quería con todas mis fuerzas, entrar a su corazón y lograr que me amara, pero parecía que su corazón tenía una muralla de espinas que nunca me dejaría entrar en él. Lo único que me hacía sentir mejor, era que sabía que al nacer mi yaal, podría darle a ese ser, todo el amor y cariño que mi Iichan no me dejaba darle.
El jefe Chep y su esposa se preocupaban mucho por mí y me iban a ver muy a menudo. Yo notaba que el jefe Chep, se veía muy cansado y le costaba trabajo moverse. Pensaba que estaba enfermo, por lo que cuando salía a dar mis caminatas, le traía moras, que eran sus frutas preferidas, y parecían aliviarlo cuando las comía.
El día del nacimiento llegó y J-Piil no estaba en el pueblo. Mi Na’ y la partera fueron a ayudarme después de que una cascada de agua caliente me saliera de entre las piernas. De pronto sentí un hermoso y profundo dolor, pujé con todas mis fuerzas, y a los pocos segundos escuché llorar un bebé. “¡Ha llegado mi yaal, ha llegado mi yaal!”, no dejé de repetir, tomándole fuertemente la mano a mi madre, quien durante horas me la había sujetado. Al acercarlo a mí, yaal dejó de llorar. Observé con atención y descubrí que era una niña: una hermosa niña con su piel color almendra y sus ojos negros como noche sin luna. ¡La amo, la adoro, nunca había sido más feliz!
Pasaban los días y yo no podía hacer otra cosa que contemplarla. La sostenía en mis brazos por horas, mi pecho la alimentaba hasta que se dormía, la arrullaba, la acurrucaba y me acostaba junto a ella, pero no para dormir, sino para verla y sentirla cerca de mí como cuando estaba en mi vientre. Todo el pueblo vino a conocerla, el jefe Chep se emocionó mucho, pero estaba enojado porque J-Piil no había regresado.
Al sexto día J-Piil regresó como balam (tigre), había fuego en sus ojos y su quijada estaba trabada por el coraje. Yo caminé hacia él para recibirlo, pero se deshizo de mi abrazo y me aventó lejos. Estando acostumbrada a estas reacciones, me levanté sin decir palabra y caminé tras él para entrar a la casa. Sin voltear a verme me dijo: “Ya supe que pariste a una mujer, ¡yo quería tener un hombre!, ¡un hombre!”. Yo me quedé con la mirada al suelo y me traté de contener para no llorar. Desde entonces supe que nuca iba a querer a su hija, por lo que traté de darle más cariño aún.
Días después se llevó a cabo la ceremonia para presentar a mi yaal, quien se llamará Ix U’ukun, al pueblo. J-Piil estuvo presente, pero sus ojos parecían estar lejos. El jefe Chep se veía cansado y se sentó por unos momentos. Yo estaba preocupada por él, tenía miedo de que muriera, ya que J-Piil lo quería mucho y sabía que sufriría mucho si se marchaba.
Ix U’ukun creció rápidamente, parecía que el tiempo volaba. Ya comenzaba a hablar y a caminar. Yo estaba feliz de verla desarrollarse y crecer. J-Piil se alejó aún más de nosotras, incluso nos despreciaba y a mí me golpeaba cada vez que podía. Afortunadamente nunca le había pegado a Ix U’ukun y eso me daba gusto. Agradecía sin cesar a Ahua Kin por proteger a mi hija.
Un día, mientras caminábamos Ix U’ukun y yo por el pueblo, se nos acercó una anciana a la que todos consideraban una loca, aunque yo creía que era más sabia que muchos de nosotros. Me detuve, al tiempo en que ella me tomó del brazo. Me miró fijamente, y como quien profesa una maldición, me dijo con voz profunda y fuerte:
- Quiero que venga con flores en el corazón. / Con todo su corazón, / quiero que le hable a mi cuerpo. / Quiero que le duela la sangre por mí / cuando me vea de camino al mercado. / Tonik Nibak tiene una pieza colérica, maleficio para asesinar al hombre infiel: / Que 13 diablesas, 13 diosas de la muerte, / extingan su nombre. / Que el viento desatado en su cabeza, en su corazón, / apague su vela. / Que muera en la carretera. / Que le atropelle un coche. / Una bicicleta. Que se rompa una pierna. / Si se muere, yo me reiré. – cuando terminó de proclamar este poema maya, rió fuertemente como si estuviera loca.
Un instante después, me soltó el brazo y se fue. Al pensar en sus palabras, no entendía porque las ha dicho, pues nunca imaginé que J-Piil me fuera infiel. Después de pensarlo mucho, recordé que mi madre siempre me decía que los hombres infieles descargan su ira contra sus mujeres, pues la culpa les quema la sangre y los envenena. Yo quería pensar que esto no era verdad y me concentré en atender a J-Piil lo mejor que pude. Todos los días le hablaba con cariño y me olvidaba de los golpes de las noches pasadas. Vivía cada día como si fuera el primero.
A los pocos días, Halach Uinic tocó a nuestra puerta para informarnos la trágica noticia: el jefe Chep había muerto. J-Piil salió destrozado y corrió a ver a su padre. Yo salí tras él con Ix U’ukun. Al llegar a la casa, vi que J-Piil no se quería separar del cuerpo de su padre. Pasaron muchas horas, y él seguía llorando como un niño, estaba inconsolable. Por fin su Na’, lo convenció que la dejara preparar el cuerpo para el entierro. Se separó del cuerpo inerte de su padre sin muchas ganas, y desde entonces su mirada se endureció y nunca volvió a sonreír, parecía que su alma se había ido con él. Antes de poner la tierra sobre el cuerpo del jefe, su viuda recitó un bello poema maya, al tiempo en que puso en su boca miel recién sacada de las xux (abejas). Todos escuchamos con respeto y gratitud por su guía en estos años:
- Toma este dulce rocío de la tierra / toma esta miel. / Te ayudará en tu viaje. / Te dará fuerza en tu camino. – al terminar de pronunciarlas, se quebró en llanto y abrazó su cuerpo ya sin vida.
Cuando la tierra comenzó a cubrir el cuerpo de nuestro jefe, J-Piil salió corriendo y se ha fue hacia los árboles, mientras sus pisadas se perdían entre la maleza. Las personas del pueblo se preocuparon al ver esta actitud, pues él debía de asumir su posición de nuevo jefe y guiar a nuestra gente. Comenzaron a hablar sobre la posibilidad de elegir a otro jefe, pero Halach Uinic, nuestro sacerdote, les dijo que esto sería castigado por los dioses y así decidieron esperar el regreso de J-Piil.
Al cumplirse tres meses de la muerte de nuestro jefe, los problemas comenzaron a surgir entre los hombres: unos decían que era mejor hacer más tejidos y venderlos por algo que llaman “dinero”; otros decían que era mejor seguir haciendo intercambios por animales y otros bienes. Yo no sabía que era el dinero, pero veía que hablan de él como si fuera un dios, por lo que supuse que se trataba de algo importante. No se ponían de acuerdo y mi Yuum cada vez estaba más preocupado, pues para nosotros el orden es muy importante y nos atemorizaba sentirnos desprotegidos: necesitábamos a un jefe.
De pronto, antes de que pasaran cuatro meses, J-Piil apareció. Parecía que hubieran pasado cien años. Se veía viejo, descuidado y tenía el cabello muy largo. Me acerqué para saludarlo y en ese momento me exigió que me fuera con él a nuestra casa, yo lo obedecí inmediatamente. Al llegar, J-Piil sacó todo su enojo contra mí, me golpeó tan fuerte que casi no me pude levantar del suelo. Tampoco podía respirar, pero como sabía que J-Piil actuaba como a los animales salvajes que al ver sangre se enfurecen aún más, con las pocas fuerzas que me quedaban, me levanté y limpié todo. Él empezó a beber directamente de una botella que traía en la mano y yo silenciosamente me arrinconé en una orilla de la casa abrazando a Ix U’ukun. Le tapé la boca a mi hija para que J-Piil no oyera su llanto. De mi llanto ya no tenía que preocuparme, pues había aprendido a llorar hacia adentro, sin lágrimas y sin sollozos.
Conforme pasaron los meses después del regreso de J-Piil, se fue volviendo más cruel. Creo que el dios dinero lo estaba volviendo loco. Puso a todos en el pueblo a trabajar, hasta los niños más pequeños debían llevar y traer cosas para hilar y bordar. Decía que unos hombres ricos nos iban a comprar los tejidos de colores que usamos para las fiestas. Nos comenzó a tratar a todos como esclavos, nos gritaba e incluso llegó a golpearnos con un lazo de cuero que trajo de otro pueblo. Las cosas empeoraban día con día y la gente empezó a cansarse de los malos tratos del nuevo jefe. El orden se había alterado: J-Piil tomaba alguno de los animales que antes nos servían para alimentarnos y darnos material para trabajar, y se los llevaba para venderlos. Creo que el dinero lo usaba para irse con mujeres y comprar algo que llaman “tequila”, pues ya no le gustaba el pulque y cuando regresaba siempre traía esas botellas de veneno.
Ya casi no teníamos animales, J-Piil los había vendido de uno en uno, sin dar tiempo a que nacieran nuevas crías. La comida empezaba a escasear. Los más listos se fueron a otros pueblos. Los más sumisos nos quedamos. Él también estaba desesperado porque ya casi no había hombres para trabajar el tojolabal y la producción de los telares era cada vez menor. Las mujeres no podíamos ayudar porque no sabíamos usarlo y se consideraba prohibido hacerlo. Por tanto, su ira la desquitaba conmigo, sabía que me odiaba, o quizás, se odiaba a sí mismo, pero lo que no sé… es que hacía junto a él.
Un buen día apareció J-Piil de muy buen humor y hasta cariñoso con nosotras. Me trajo un regalo. ¡Nunca había recibido un regalo suyo! No sabía qué hacer o qué decir. Tardé varios minutos en abrirlo y descubrí dentro una preciosa pulsera de madera. Pensaba que mis oraciones habían servido de algo y que Ahua Kin me había hecho el milagro de volverlo bueno. También le trajo una preciosa muñeca a Ix U’ukun, y ella se puso a saltar muy feliz. Las lágrimas que hace tantos años que no salían de mis ojos, lograron salir, pero ahora lloraba de alegría, de amor, de felicidad... De pronto, J-Piil invitó a Ix U’ukun a dar un paseo al pueblo cercano. Yo no supe porque, pero sentí que el cielo se me cayó encima. Ix U’ukun tampoco quería ir y sujetó mi pierna fuertemente. Toda la actitud cariñosa de J-Piil, desapareció en ese instante. Sus ojos se veían envenenados por el odio y el rencor. Yo no podía entender este cambio súbito de actitud y de pronto comenzó a gritar: “¡Te digo que vengas conmigo! ¡Me tienes que obedecer! ¡Tienes que hacer lo que te digo, niña malcriada!”. Mi yaal corría por la casa y se refugiaba en mi regazo buscando protección.
- ¡Haz algo Miila! ¡Dile que venga conmigo! ¡Maldita! ¡Dile que venga! –gritaba mientras me pegaba al tiempo en que quería atrapar a Ix U’ukun.
Yo temblaba de miedo, al escuchar sus gritos y sentir sus golpes, pero su furia me hizo comprender que si yo cedía a lo que me pedía, algo muy malo iba a suceder. En un descuido suyo, salí con Ix U’ukun de la casa y nos fuimos corriendo por la vereda principal. J-Piil iba tras nosotras transformado por la ira. Cuando estaba a punto de alcanzarnos, pensé por primera vez que, gritar, levantar mi voz y evitar el abuso, me podían servir de algo. Así lo hice y comencé a gritar. Los habitantes que quedaban en nuestro pueblo, incluidos mis padres, salieron para ayudarme. J-Piil, no esperaba esta reacción, por lo que maldecía contra todos. La gente se asustó al verlo loco de furia y comenzaron a murmurar.
De pronto, detrás de unos árboles, unos hombres extraños, con el rostro emblanquecido y calzando unos duros zapatos, llamaron a J-Piil. Nunca habíamos visto a gente ajena a nuestro pueblo, por lo que nos sorprendimos. Él se acercó a ellos y comenzaron a hablar en un idioma que nunca entendí. Conforme hablaban, los hombres extraños, miraban ansiosos a Ix U’ukun y la señalaban. J-Piil en un arranque de furia me arrebató con todas sus fuerzas a mi yaal y corrió con ella en brazos hacia los hombres. Sin darse cuenta, comenzó a hablar en tzotzil, en lugar del idioma de los fuereños y dijo: “Aquí está la mocosa. Ahora páguenme para poderme ir de este pueblo inmundo”.
Sus palabras sonaron como puñales en mis oídos, no podía creer lo que escuchaba: ¡J-Piil había vendido a nuestra hija! Como kitam en celo, me abalancé sobre él mientras grité:
- ¡Durante años te he obedecido y tratado de querer como a nadie! ¡Durante años me he callado y he aguantado todos tus malos tratos y tus faltas de respeto! ¡Desde que me casé contigo sabía que eras difícil, pero nunca, nunca, te creí capaz de esto! ¡Eres un maldito! ¡Eres un desgraciado!- al tiempo en que decía esto, lo golpeaba en el pecho, mientras él trataba de esquivar mis golpes y sujetaba con un brazo a Ix U’ukun - ¡No te voy a permitir que vendas a mi yaal! ¡No te voy a permitir que nunca más me pegues! ¡Dame a mi hija! ¡Dámela maldito! – gritaba mientras trataba de arrancar a Ix U’ukun de su brazo que la estrechaba fuertemente.
Las personas del pueblo, al darse cuenta de lo que sucedía, entraron en mi defensa. Mi padre hizo lo mismo, tomó una lanza afilada y lo amenazó para que soltara a Ix U’ukun. J-Piil gritaba maldiciones y no soltaba a mi yaal, hasta que mi padre apuntó la lanza con fuerza hacia él y atravesó su pecho. El dolor hizo soltara a la niña quien lloraba aterrorizada. Yo corrí a tomarla entre mis brazos. Los hombres extraños se pusieron nerviosos al ver la escena, y poco a poco se escabulleron entre los árboles.
El cuerpo ensangrentado de J-Piil se quedó tirado por muchos minutos, Halach Uinic se acercó a él, le untó en la frente una mezcla extraña, mientras le pedía que se arrepintiera por todo el mal hecho, pero él maldecía mientras su voz se iba apagando. Su vida se extinguía y nadie hizo algo para ayudarlo. Yo lo miraba tendido en el suelo, mientras abrazaba a Ix U’ukun y le acariciaba el cabello para calmarla, y llegué a sentir cierta lástima por él. Su respiración cesó y nuestro sacerdote rezó por él. Le dimos santa sepultura, y con su muerte, la paz y la tranquilidad regresó a nuestro pueblo.
Pero para mí la lección no ha terminado, pues sé que el respeto y el amor que debo tenerme, es algo que se consigue día a día, luchando contra las viejas enseñanzas para poder cambiar nuestro destino. Sin embargo, esta herida que mi corazón llevará hasta la muerte, me ha enseñado a levantar mi voz y nunca dejarla callar.
Cuento Ganador del Segundo Lugar del Concurso Nacional de Cuento 2006: “Por una vida libre de violencia para las mujeres y las niñas” "Miila: Relato de una mujer chiapaneca” Por: Trixia Valle
Yo nací en la sierra de Chiapas, en el pueblo de Magdalenas, allá en dónde nuestra diosa de la naturaleza Kaxail, se ha encargado de decorar cada uno de los rincones de la tierra. Me llamo Ix Miila, en realidad es Miila, pero a todas las niñas cuando nacemos nos ponen antes del nombre: Ix y a los niños: Ah, al crecer esto cambia. Nuestro idioma es el tzotzil, conocemos los nombres para todas las cosas, los poemas que han hecho nuestros ancestros y las tradiciones de siglos atrás. Nuestras casas están hechas de troncos y hojas gruesas. Para vestirnos hemos aprendido a tejer la lana de las ovejas y así hacernos gruesas túnicas que nos cubren del frío que hace aquí, sobre todo, cuando las nubes bajan hasta nuestras casas. Las mujeres nos dedicamos a hilar, tejer y bordar; los hombres hacen banquitos, ganchos colgadores y otros objetos de madera. El jefe del pueblo y algunos hombres son quienes bajan a los otros pueblos para cambiar o vender lo que aquí hacemos por otras cosas. Cuidamos mucho a nuestros animales, pues ellos nos sirven para vivir: tenemos ovejas, cerdos, gallinas, gallos y pollos principalmente. También hay un tojolabal, que usan los hombres para tejer la lana, que las mujeres hemos hilado, con diseños complicados y llenos de colores.
Desde niña aprendí a tejer y a ayudar en todos los quehaceres de la casa. Siempre supe que debía obedecer a mis padres, a mis hermanos mayores y sobre todo al líder de nuestro grupo, que se llama Chep Akuxtin. Cuando cumplí trece años, todos los del pueblo nos reunimos para hacer una ceremonia, ya que a partir de esta edad llevaré el apellido de mi padre, a quien llamo Yuum. Ya no seré Ix Miila, ahora seré Na Miila Chel, lo que significa que he crecido. A partir de entonces me buscaron un hombre para casarme y así tener hijos para que ayuden con las labores de nuestro pueblo. Hasta ese día, debo honrar el nombre de Yuum, pues la deshonra es muy castigada.
El hijo de nuestro jefe Chep Akuxtin, se llamaba Na J-Piil Akuxtin y tenía dieciséis años. Él siempre me había molestado. Na´, que es mi madre, me decía que debía respetarlo y no quejarme, porque él un día sería el jefe. Yo obedecía aunque a veces me daban ganas de aventarle una piedra porque era cruel con los animales, a los tu’u’l (conejos), a los kitam (jabalíes) y a los noom (perdices) les aventaba piedras y palos, incluso una vez mató a un bebé balam (tigre) a patadas.
Una noche de mucho viento, Yuum, quien se encontraba cerca de la fogata, me pidió que me sentara junto a él, por lo que supe que se trataba de algo importante. Esperé a que me hablara, porque los jóvenes no podemos empezar la conversación. Después de unos minutos en que miraba fijamente el fuego, Yuum me dijo: “Na Miila, te he conseguido a un Iichan: se trata de Na J-Piil Akuxtin”. Iichan, se le dice al marido, y este siempre es escogido por los padres. Resignada, asentí con la cabeza y le pedí a Ahua Kin, nuestro dios principal, con todas mis fuerzas que me ayudara a querer a ese hombre. Mi padre me abrazó muy fuerte y vi una lágrima salir de sus ojos y rodar por su cara. De mis ojos también salieron lágrimas.Las mujeres del pueblo me hicieron por semanas una hermosa túnica de color crudo. A pesar de todo, yo estaba triste y Na’se dio cuenta de esto, por lo que me dijo tiernamente: “A todas nos toca alcanzar nuestro destino, a ti te ha tocado algo importante porque vas a ser las esposa del futuro líder. Sonríe, verás que Ahua Kin te ayudará siempre”. Yo quise creer con todas mis fuerzas lo que me decía.
Por fin llegó el día esperado. Mi madre me ayudó a vestirme y me puso una hermosa corona de flores sobre mi cabello perfectamente trenzado y amarrado con unos grandes moños blancos. Halach Uinic, el sacerdote del pueblo, comenzó la ceremonia. Desde ese día Na J-Piil, fue solamente J-Piil Akuxtin, pues él se ha convertido en hombre y yo en su mujer. A mi me llamarán Miila Akuxtin y cuando nuestros hijos crezcan llevarán su apellido.
Después de la ceremonia Chep Akuxtin, nuestro jefe y el padre de J-Piil, dio por iniciada la fiesta. Toda la gente del pueblo nos acompañó para festejarnos, mataron a varios kitam (jabalíes) para asarlos al fuego y comer su carne. J-Piil bebió mucho pulque y cuando todos se fueron, quiso seguir bebiendo. Yo le dije, sutilmente, que era tarde, pero mis palabras lo hicieron enfurecer: comenzó a gritar y trató de pegarme. Afortunadamente se detuvo antes de hacerlo, lo dejé solo y me fui a dormir. Casi al amanecer me despertó un fuerte olor a pulque y un cuerpo que se abalanzó sobre mí. Abrí los ojos y vi que se trataba de J-Piil, su cara se veía desencajada, creo que era por el pulque. Sin hablar, comenzó a arrancarme la ropa y sus jalones me lastimaron. Tenía mucho miedo y apenas podía parpadear. De pronto, ya no pude más y comencé a llorar. Esto hizo enojar a J-Piil quien me golpeó, exigiéndome que dejara de llorar. Yo obedecí. Él siguió quitándome la ropa, al tiempo en que se la quitaba él también. Tenía frío. Tenía mucho frío. A él no le importaba. De pronto sentí que una daga atravesó mi cuerpo y esto me produjo un inmenso dolor. Él parecía estar disfrutando y yo no sabía que me pasaba. De pronto el dolor se calmó, J-Piil pareció estar satisfecho y se dio la vuelta para dormir. Yo me vestí lentamente, sin hacer ruido, para no molestarlo. Al hacerlo, descubrí que había sangre entre mis piernas. Sin importarme el frío que hacía, salí para sacar agua del pozo cercano y lavarme. Con esa agua helada me limpié la sangre que corría entre mis piernas, mientras observaba como se iba lentamente entre el verde pasto que iluminaba la luna.
Mi vida con J-Piil no fue muy diferente a este primer día, pero pasó un año y supe que estaba esperando a mi primer bebé. Yo me sentí muy feliz al oír esta noticia, pero J-Piil me miró con desprecio y conforme pasaron los meses casi no me hablaba y me miraba poco, sólo lo hacía cuando quería satisfacer sus necesidades de hombre. Yo dejaba que hiciera conmigo lo que quisiera, pues al ser su mujer, creía que debía obedecerlo en todo. Además quería con todas mis fuerzas, entrar a su corazón y lograr que me amara, pero parecía que su corazón tenía una muralla de espinas que nunca me dejaría entrar en él. Lo único que me hacía sentir mejor, era que sabía que al nacer mi yaal, podría darle a ese ser, todo el amor y cariño que mi Iichan no me dejaba darle.
El jefe Chep y su esposa se preocupaban mucho por mí y me iban a ver muy a menudo. Yo notaba que el jefe Chep, se veía muy cansado y le costaba trabajo moverse. Pensaba que estaba enfermo, por lo que cuando salía a dar mis caminatas, le traía moras, que eran sus frutas preferidas, y parecían aliviarlo cuando las comía. El día del nacimiento llegó y J-Piil no estaba en el pueblo. Mi Na’ y la partera fueron a ayudarme después de que una cascada de agua caliente me saliera de entre las piernas. De pronto sentí un hermoso y profundo dolor, pujé con todas mis fuerzas, y a los pocos segundos escuché llorar un bebé. “¡Ha llegado mi yaal, ha llegado mi yaal!”, no dejé de repetir, tomándole fuertemente la mano a mi madre, quien durante horas me la había sujetado. Al acercarlo a mí, yaal dejó de llorar. Observé con atención y descubrí que era una niña: una hermosa niña con su piel color almendra y sus ojos negros como noche sin luna. ¡La amo, la adoro, nunca había sido más feliz!
Pasaban los días y yo no podía hacer otra cosa que contemplarla. La sostenía en mis brazos por horas, mi pecho la alimentaba hasta que se dormía, la arrullaba, la acurrucaba y me acostaba junto a ella, pero no para dormir, sino para verla y sentirla cerca de mí como cuando estaba en mi vientre. Todo el pueblo vino a conocerla, el jefe Chep se emocionó mucho, pero estaba enojado porque J-Piil no había regresado. Al sexto día J-Piil regresó como balam (tigre), había fuego en sus ojos y su quijada estaba trabada por el coraje. Yo caminé hacia él para recibirlo, pero se deshizo de mi abrazo y me aventó lejos. Estando acostumbrada a estas reacciones, me levanté sin decir palabra y caminé tras él para entrar a la casa. Sin voltear a verme me dijo: “Ya supe que pariste a una mujer, ¡yo quería tener un hombre!, ¡un hombre!”. Yo me quedé con la mirada al suelo y me traté de contener para no llorar. Desde entonces supe que nuca iba a querer a su hija, por lo que traté de darle más cariño aún.Días después se llevó a cabo la ceremonia para presentar a mi yaal, quien se llamará Ix U’ukun, al pueblo. J-Piil estuvo presente, pero sus ojos parecían estar lejos. El jefe Chep se veía cansado y se sentó por unos momentos. Yo estaba preocupada por él, tenía miedo de que muriera, ya que J-Piil lo quería mucho y sabía que sufriría mucho si se marchaba.Ix U’ukun creció rápidamente, parecía que el tiempo volaba. Ya comenzaba a hablar y a caminar. Yo estaba feliz de verla desarrollarse y crecer. J-Piil se alejó aún más de nosotras, incluso nos despreciaba y a mí me golpeaba cada vez que podía. Afortunadamente nunca le había pegado a Ix U’ukun y eso me daba gusto. Agradecía sin cesar a Ahua Kin por proteger a mi hija.
Un día, mientras caminábamos Ix U’ukun y yo por el pueblo, se nos acercó una anciana a la que todos consideraban una loca, aunque yo creía que era más sabia que muchos de nosotros. Me detuve, al tiempo en que ella me tomó del brazo. Me miró fijamente, y como quien profesa una maldición, me dijo con voz profunda y fuerte:- Quiero que venga con flores en el corazón. / Con todo su corazón, / quiero que le hable a mi cuerpo. / Quiero que le duela la sangre por mí / cuando me vea de camino al mercado. / Tonik Nibak tiene una pieza colérica, maleficio para asesinar al hombre infiel: / Que 13 diablesas, 13 diosas de la muerte, / extingan su nombre. / Que el viento desatado en su cabeza, en su corazón, / apague su vela. / Que muera en la carretera. / Que le atropelle un coche. / Una bicicleta. Que se rompa una pierna. / Si se muere, yo me reiré. – cuando terminó de proclamar este poema maya, rió fuertemente como si estuviera loca. Un instante después, me soltó el brazo y se fue. Al pensar en sus palabras, no entendía porque las ha dicho, pues nunca imaginé que J-Piil me fuera infiel. Después de pensarlo mucho, recordé que mi madre siempre me decía que los hombres infieles descargan su ira contra sus mujeres, pues la culpa les quema la sangre y los envenena. Yo quería pensar que esto no era verdad y me concentré en atender a J-Piil lo mejor que pude. Todos los días le hablaba con cariño y me olvidaba de los golpes de las noches pasadas. Vivía cada día como si fuera el primero.
A los pocos días, Halach Uinic tocó a nuestra puerta para informarnos la trágica noticia: el jefe Chep había muerto. J-Piil salió destrozado y corrió a ver a su padre. Yo salí tras él con Ix U’ukun. Al llegar a la casa, vi que J-Piil no se quería separar del cuerpo de su padre. Pasaron muchas horas, y él seguía llorando como un niño, estaba inconsolable. Por fin su Na’, lo convenció que la dejara preparar el cuerpo para el entierro. Se separó del cuerpo inerte de su padre sin muchas ganas, y desde entonces su mirada se endureció y nunca volvió a sonreír, parecía que su alma se había ido con él. Antes de poner la tierra sobre el cuerpo del jefe, su viuda recitó un bello poema maya, al tiempo en que puso en su boca miel recién sacada de las xux (abejas). Todos escuchamos con respeto y gratitud por su guía en estos años:- Toma este dulce rocío de la tierra / toma esta miel. / Te ayudará en tu viaje. / Te dará fuerza en tu camino. – al terminar de pronunciarlas, se quebró en llanto y abrazó su cuerpo ya sin vida.
Cuando la tierra comenzó a cubrir el cuerpo de nuestro jefe, J-Piil salió corriendo y se ha fue hacia los árboles, mientras sus pisadas se perdían entre la maleza. Las personas del pueblo se preocuparon al ver esta actitud, pues él debía de asumir su posición de nuevo jefe y guiar a nuestra gente. Comenzaron a hablar sobre la posibilidad de elegir a otro jefe, pero Halach Uinic, nuestro sacerdote, les dijo que esto sería castigado por los dioses y así decidieron esperar el regreso de J-Piil. Al cumplirse tres meses de la muerte de nuestro jefe, los problemas comenzaron a surgir entre los hombres: unos decían que era mejor hacer más tejidos y venderlos por algo que llaman “dinero”; otros decían que era mejor seguir haciendo intercambios por animales y otros bienes. Yo no sabía que era el dinero, pero veía que hablan de él como si fuera un dios, por lo que supuse que se trataba de algo importante. No se ponían de acuerdo y mi Yuum cada vez estaba más preocupado, pues para nosotros el orden es muy importante y nos atemorizaba sentirnos desprotegidos: necesitábamos a un jefe.
De pronto, antes de que pasaran cuatro meses, J-Piil apareció. Parecía que hubieran pasado cien años. Se veía viejo, descuidado y tenía el cabello muy largo. Me acerqué para saludarlo y en ese momento me exigió que me fuera con él a nuestra casa, yo lo obedecí inmediatamente. Al llegar, J-Piil sacó todo su enojo contra mí, me golpeó tan fuerte que casi no me pude levantar del suelo. Tampoco podía respirar, pero como sabía que J-Piil actuaba como a los animales salvajes que al ver sangre se enfurecen aún más, con las pocas fuerzas que me quedaban, me levanté y limpié todo. Él empezó a beber directamente de una botella que traía en la mano y yo silenciosamente me arrinconé en una orilla de la casa abrazando a Ix U’ukun. Le tapé la boca a mi hija para que J-Piil no oyera su llanto. De mi llanto ya no tenía que preocuparme, pues había aprendido a llorar hacia adentro, sin lágrimas y sin sollozos.
Conforme pasaron los meses después del regreso de J-Piil, se fue volviendo más cruel. Creo que el dios dinero lo estaba volviendo loco. Puso a todos en el pueblo a trabajar, hasta los niños más pequeños debían llevar y traer cosas para hilar y bordar. Decía que unos hombres ricos nos iban a comprar los tejidos de colores que usamos para las fiestas. Nos comenzó a tratar a todos como esclavos, nos gritaba e incluso llegó a golpearnos con un lazo de cuero que trajo de otro pueblo. Las cosas empeoraban día con día y la gente empezó a cansarse de los malos tratos del nuevo jefe. El orden se había alterado: J-Piil tomaba alguno de los animales que antes nos servían para alimentarnos y darnos material para trabajar, y se los llevaba para venderlos. Creo que el dinero lo usaba para irse con mujeres y comprar algo que llaman “tequila”, pues ya no le gustaba el pulque y cuando regresaba siempre traía esas botellas de veneno.
Ya casi no teníamos animales, J-Piil los había vendido de uno en uno, sin dar tiempo a que nacieran nuevas crías. La comida empezaba a escasear. Los más listos se fueron a otros pueblos. Los más sumisos nos quedamos. Él también estaba desesperado porque ya casi no había hombres para trabajar el tojolabal y la producción de los telares era cada vez menor. Las mujeres no podíamos ayudar porque no sabíamos usarlo y se consideraba prohibido hacerlo. Por tanto, su ira la desquitaba conmigo, sabía que me odiaba, o quizás, se odiaba a sí mismo, pero lo que no sé… es que hacía junto a él.
Un buen día apareció J-Piil de muy buen humor y hasta cariñoso con nosotras. Me trajo un regalo. ¡Nunca había recibido un regalo suyo! No sabía qué hacer o qué decir. Tardé varios minutos en abrirlo y descubrí dentro una preciosa pulsera de madera. Pensaba que mis oraciones habían servido de algo y que Ahua Kin me había hecho el milagro de volverlo bueno. También le trajo una preciosa muñeca a Ix U’ukun, y ella se puso a saltar muy feliz. Las lágrimas que hace tantos años que no salían de mis ojos, lograron salir, pero ahora lloraba de alegría, de amor, de felicidad... De pronto, J-Piil invitó a Ix U’ukun a dar un paseo al pueblo cercano. Yo no supe porque, pero sentí que el cielo se me cayó encima. Ix U’ukun tampoco quería ir y sujetó mi pierna fuertemente. Toda la actitud cariñosa de J-Piil, desapareció en ese instante. Sus ojos se veían envenenados por el odio y el rencor. Yo no podía entender este cambio súbito de actitud y de pronto comenzó a gritar: “¡Te digo que vengas conmigo! ¡Me tienes que obedecer! ¡Tienes que hacer lo que te digo, niña malcriada!”. Mi yaal corría por la casa y se refugiaba en mi regazo buscando protección.- ¡Haz algo Miila! ¡Dile que venga conmigo! ¡Maldita! ¡Dile que venga! –gritaba mientras me pegaba al tiempo en que quería atrapar a Ix U’ukun.
Yo temblaba de miedo, al escuchar sus gritos y sentir sus golpes, pero su furia me hizo comprender que si yo cedía a lo que me pedía, algo muy malo iba a suceder. En un descuido suyo, salí con Ix U’ukun de la casa y nos fuimos corriendo por la vereda principal. J-Piil iba tras nosotras transformado por la ira. Cuando estaba a punto de alcanzarnos, pensé por primera vez que, gritar, levantar mi voz y evitar el abuso, me podían servir de algo. Así lo hice y comencé a gritar. Los habitantes que quedaban en nuestro pueblo, incluidos mis padres, salieron para ayudarme. J-Piil, no esperaba esta reacción, por lo que maldecía contra todos. La gente se asustó al verlo loco de furia y comenzaron a murmurar.
De pronto, detrás de unos árboles, unos hombres extraños, con el rostro emblanquecido y calzando unos duros zapatos, llamaron a J-Piil. Nunca habíamos visto a gente ajena a nuestro pueblo, por lo que nos sorprendimos. Él se acercó a ellos y comenzaron a hablar en un idioma que nunca entendí. Conforme hablaban, los hombres extraños, miraban ansiosos a Ix U’ukun y la señalaban. J-Piil en un arranque de furia me arrebató con todas sus fuerzas a mi yaal y corrió con ella en brazos hacia los hombres. Sin darse cuenta, comenzó a hablar en tzotzil, en lugar del idioma de los fuereños y dijo: “Aquí está la mocosa. Ahora páguenme para poderme ir de este pueblo inmundo”. Sus palabras sonaron como puñales en mis oídos, no podía creer lo que escuchaba: ¡J-Piil había vendido a nuestra hija! Como kitam en celo, me abalancé sobre él mientras grité:- ¡Durante años te he obedecido y tratado de querer como a nadie! ¡Durante años me he callado y he aguantado todos tus malos tratos y tus faltas de respeto! ¡Desde que me casé contigo sabía que eras difícil, pero nunca, nunca, te creí capaz de esto! ¡Eres un maldito! ¡Eres un desgraciado!- al tiempo en que decía esto, lo golpeaba en el pecho, mientras él trataba de esquivar mis golpes y sujetaba con un brazo a Ix U’ukun - ¡No te voy a permitir que vendas a mi yaal! ¡No te voy a permitir que nunca más me pegues! ¡Dame a mi hija! ¡Dámela maldito! – gritaba mientras trataba de arrancar a Ix U’ukun de su brazo que la estrechaba fuertemente.Las personas del pueblo, al darse cuenta de lo que sucedía, entraron en mi defensa. Mi padre hizo lo mismo, tomó una lanza afilada y lo amenazó para que soltara a Ix U’ukun. J-Piil gritaba maldiciones y no soltaba a mi yaal, hasta que mi padre apuntó la lanza con fuerza hacia él y atravesó su pecho. El dolor hizo soltara a la niña quien lloraba aterrorizada. Yo corrí a tomarla entre mis brazos. Los hombres extraños se pusieron nerviosos al ver la escena, y poco a poco se escabulleron entre los árboles.
El cuerpo ensangrentado de J-Piil se quedó tirado por muchos minutos, Halach Uinic se acercó a él, le untó en la frente una mezcla extraña, mientras le pedía que se arrepintiera por todo el mal hecho, pero él maldecía mientras su voz se iba apagando. Su vida se extinguía y nadie hizo algo para ayudarlo. Yo lo miraba tendido en el suelo, mientras abrazaba a Ix U’ukun y le acariciaba el cabello para calmarla, y llegué a sentir cierta lástima por él. Su respiración cesó y nuestro sacerdote rezó por él. Le dimos santa sepultura, y con su muerte, la paz y la tranquilidad regresó a nuestro pueblo.Pero para mí la lección no ha terminado, pues sé que el respeto y el amor que debo tenerme, es algo que se consigue día a día, luchando contra las viejas enseñanzas para poder cambiar nuestro destino. Sin embargo, esta herida que mi corazón llevará hasta la muerte, me ha enseñado a levantar mi voz y nunca dejarla callar.
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